sábado, 3 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina IV


Primero fue sólo una melodía que parecía venir de alguna estrella muy lejana. Poco a poco el universo se cubrió con un manto de silencio y de quietud. Todos queríamos escuchar atentamente aquella música y dejarnos seducir por la magia de cada acorde. Los ángeles también callaron. Sólo yo continuaba mi travesía hacia Belén volando de puntillas para no despertar a las demás criaturas celestiales. 
De pronto, una voz de niña,  dulce como la de un serafín, puso letra a aquella canción. 
En un tiempo remoto fui formada
antes de comenzar la tierra.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Todavía no estaban aplomados los montes,
no había hecho aún la tierra y la hierba,
ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;
cuando sujetaba el cielo en la altura,
y fijaba las fuentes abismales.
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a él, como aprendiz,
yo era su encanto cotidiano,
todo el tiempo jugaba en su presencia:
jugaba con el orbe de la tierra,
gozaba con los hijos de los hombres.

Yo no entendía casi nada de lo que decía la voz, pero el cielo entero estaba conmovido. Y, de pronto, la vi. Era una niña muy pequeña, como de cinco o seis años, que cantaba y reía, reía y cantaba, mientras jugaba al escondite con un puñado de ángeles.
Una vez más recurrí a Gabriel para que me explicara el misterio.
—¿Quién es?
—Pronto la conocerás y nunca podrás olvidarla, Gelsomina; es María, la Madre del Niño que nacerá en Belén.
—Pero aún faltan muchos siglos para que nazca Jesús.
Es verdad; pero ten presente que todas las criaturas viven en la mente y  en el corazón del Creador. Y los hombres, las mujeres y los niños, de una manera muy especial. Dios les da un nombre y los llama con una vocación singular antes de que existiera la primera partícula de polvo en el Universo. Y si eso ocurre con todos los hombres, imagínate con la que está destinada a ser Madre de Dios.
—Pero, entonces, María también es eterna…
—Su imagen sí que lo es, porque Yahvé sueña siempre con Ella. La Madre de Yahvé nació en la eternidad. No te extrañe si ahora podemos verla como la ve el Señor  y que oigamos el poema que pone en su boca el Espíritu Santo: "Yo era su encanto cotidiano; todo el tiempo jugaba en su presencia. Gozaba con los hijos de los hombres".
—Pero entonces…, ¿es verdad o no lo es que María existe desde antes de la Creación del mundo?
Gabriel me miró de reojo:
—Mira, Gelsomina; resulta que Jesús es el "primogénito" de la Creación. Así lo escribirá San Pablo dentro de mucho tiempo. Y dirá que todo, todo, ha sido creado en Él, por Él y para Él, que Jesús es anterior a todo. Por tanto, su Cuerpo y su alma son el modelo que Dios eligió para crear a Adán y a todos sus descendientes. Y ese Cuerpo y esa Alma no pueden existir sin su Madre.
Al llegar a este punto perdí definitivamente el hilo.
 

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fallece Domingo Ramos-Lissón,


No suelo incluir en el blog demasiadas noticias de fallecimientos. Hoy hago una excepción: Domingo Ramos, sacerdote, jurista, teólogo e historiador, fue profesor en la Facultad de Teología de Navarra.
Al escribir su semblanza, todos incluyen una palabra; "caballero". En efecto, Don Domingo era hombre cortés, amable, siempre discreto, respetuoso con sus colegas y con sus alumnos... Yo recuerdo ahora sus clases de Patrología y el cariño lleno de detalles de afecto y de servicio que me demostró la última vez que me alojé en su casa de Pamplona.
Ved aquí la noticia. En el Cielo ya han salido a recibirlo los antiguos Padres de la Iglesia, a los que él dedico miles de horas de trabajo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina III


El espectáculo que me ofrecía el universo era fantástico. Y más en aquellos tiempos, cuando el cosmos estaba en obras y las estrellas aún buscaban su acomodo en el lugar para el que estaban destinadas por el Creador.
¿Pensabais que Dios lo creó todo de golpe y lo dejó bien ordenado desde el primer momento? Pues no. Las galaxias eran un hervidero de estrellas de todos los tamaños y colores que iban y venían en un caos aparente. Por eso a nadie le extrañó verme cruzar de punta a cabo la vida láctea con mi estela de plata, escoltada por el Arcángel.
Un lucero enorme de mediana edad, tocado con una gran llamarada escarlata como una larga cabellera pelirroja, se me acercó por la espalda:
—Perdona que te moleste, pequeña, ¿podrías decirme quién te ha instalado en la popa  esa cola plateada y a dónde vas tan deprisa?
El Ángel ya me había advertido de que no debía hablar con desconocidos, pero aquel pedazo de estrellón parecía simpático y no charlar con desconocidos equivalía a quedarme muda, porque hasta ese momento todos me eran desconocidos. Así que le contesté educadamente:
—La cola es artesanal y única; la trabajó para mí el mejor arcángel orfebre. Y estoy en misión secreta enviada directamente por Yahvé.
—Secreta…, secreta… Ya será menos —respondió el otro—. Me apuesto dos planetas a que lo tuyo tiene que ver con esa Navidad de la que habla todo el mundo.
Era la primera vez que oía la palabra, "Navidad". Y me sentí ofendida. ¿Por qué soy siempre la última en enterarse de todo?
—A ver, ¿por qué? —le grité al Ángel.
El Ángel sonrió y dijo:
—No te enfades, Gelsomina, que con tus berrinches corres el riesgo de perderte uno de los momentos más grandes y bellos de la historia de la Creación.
Entonces levanté la cabeza y lo vi, y lo oí. Era la maravilla más extraordinaria que han contemplado mis ojos. No sé si seré capaz de describirla.
 
Continuará 
 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La travesía de Gelsomina (II)

"Vuestros nombres están escritos en el Cielo"
 

Me gustaría continuar esta crónica escribiendo como Cervantes "la del alba sería cuando Gelsomina cruzó la Galaxia camino de Belén…", pero, como comprenderéis, aquí, en el Firmamento, no hay albas ni ocasos, ni tampoco cronómetros para medir el paso del tiempo. Yo solo sé que me puse en camino guiada por la estela de un Arcángel muchos siglos antes de que Yahvé formara a Adán del barro de la tierra.
En efecto, Dios se tomó las cosas con calma. Las travesías estelares duran miles de millones de años. A las estrellas esto nos parece natural, y, para Dios, cada siglo es apenas un instante. Claro que a vosotros algunos instantes os parece que duran siglos.
En todo caso yo estaba la mar de contenta porque sabía que llegaría puntual a la cita que el Señor me había preparado desde su eternidad. Tenía que aparecerme en un punto determinado de la Tierra para que tres magos me siguieran hasta Belén. Claro que aún faltaba un poco de tiempo. La travesía iba a ser larga.
Un día (o una tarde, quién sabe), volábamos en plena constelación Centaurus cuando el Ángel me reveló un secreto:
—¿Sabes cuántas estrellas hay en el Cielo, Gelsomina?
—¿Cómo voy a saberlo? Eso no lo sabe nadie, ni los ángeles.
—No digas barbaridades. Los ángeles sabemos de todo, y hasta tenemos un elenco detallado de las estrellas con sus nombres y apellidos.
—¿También tienen apellido?
—Naturalmente. Deberías saber que cada estrella está destinada un hombre, a una mujer a un niño o a un ángel, y cada una lleva inscrito el nombre completo de su ahijado. Jesús mismo lo dirá a los suyos: "estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo”.
—¿Y los hombres sabrán encontrar su estrella entre tantos miles de millones?
—La encontrarán si ganan el premio final de la Gloria. Sólo hay un problema; que no todos encuentran el camino. Algunos se empeñan en no mirar nunca al Cielo y se alejan de Dios y de su estrella. Por eso quiere Yahvé hacerse hombre; para que nadie olvide que su destino está aquí arriba.
—¿Y si los hombres no quieren…?
El Ángel se puso triste.
—Los ángeles trataremos de que eso no ocurra. Porque, si un hombre se alejara de Dios para siempre, su estrella se apagaría también para toda la eternidad.
Yo no entendí muy bien las palabras del Ángel, pero, por si acaso, le di un suave empujón mientras le decía:
—Corre, Gabriel, corre. Que no podemos llegar tarde. 


martes, 29 de noviembre de 2016

Mañana empieza la Novena de la Inmaculada


...Y os recuerdo que si hacéis clic aquí, podréis adquirir por menos de lo que cuesta un café sin azúcar, un librito que escribí hace tres años y que ha ayudado a muchos a tratar a la Santísima Virgen durante esos 9 días.
El libro puede descargarse en cualquier dispositivo: IPad, Samsung, IPhone, Kindle, etc., incluso a todos a la vez: basta con tener instalada la aplicación Kindle.
Hay muchos modos de vivir esta antigua devoción. Yo os propongo uno más. Como es mi costumbre, también esta vez me dejo llevar por la fantasía. Espero ganar muchísimo dinero, ya que me llevo 30 céntimos por cada ejemplar vendido. Una pasta, chicos.

La travesía de Gelsomina (I)


  
Es cierto que las estrellas calculamos a bulto el paso del tiempo. De hecho no tenemos relojes en el firmamento y, como aquí casi nunca pasa nada, jamás sabe 
una en qué día vive, ni de qué año, ni mucho menos qué hora es, ni para qué sirve saberlo.
Pienso sin embargo que debieron de pasar un montón de millones de siglos (mogollón decís ahora) ante de que entablara mi primera conversación civilizada. Yo estaba clavada en un extremo de la Galaxia, sola, sin nadie con quien hablar. Bien sabe Dios ─que lo sabe todo─ que yo he sido siempre la mar de sociable, incluso charlatana. De ahí que esperara impaciente a un interlocutor. Si no, ¿para qué me había concedido Dios el don de la palabra? Eso pensaba por entonces mientras miraba una y otra vez a lo negro que tenía frente a mí con la esperanza de que apareciera un cometa errante, una estrella enana o un planeta perdido.
Hasta que vino el Ángel Gabriel. Él me aclaró cuál iba a ser mi misión en  el firmamento, cargó mis baterías para la larga carrera espacial y me puso en contacto con el departamento técnico correspondiente para ultimar los detalles.
Un ángel estilista me iluminó el cutis hasta dejarlo hecho un sol y me vistió con una larga estela radiante para que los hombres pudieran saber de dónde venía y en qué dirección volaba. El arcángel orfebre hizo que la cola de mi vestido se convirtiera en plata repujada, y un serafín jovencito la llenó de música para que las demás estrellas comprendieran la importancia de mi misión. Era una melodía suave llegada del corazón mismo del Cosmos, que sólo puede oírse en el Cielo; la misma melodía que oyen los bienaventurados cuando suben hacia la Gloria y, según creo, la que unos pocos santos pueden percibir en la tierra.
Terminada la preparación, Gabriel me miró satisfecho:
─Ha llegado tu turno, Gelsomina ─me dijo─. Es el Adviento.
Sentí la fuerza que me empujaba a volar, y empecé la travesía.